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lunes, 12 de enero de 2009

Del viaje a tierras caribes


Hay días en que la falta de viento hace que las hojas de los árboles se mantengan inertes, estáticas, muertas, y en esos días no existe un escondite para huir del calor. Hay otros días en los que la brisa no deja caminar, y es necesario hacer posturas extrañas para romper la resistencia del aire. A la brisa, la llaman ¨la loca¨, y no es precisamente por ser racional. En los días sin brisa, el ventilador que decora cada cuarto solo mueve aire igual de caliente a la temperatura, y la vida se vuelve pesada, sofocante, cada movimiento se piensa de acuerdo a la cantidad de exposición al sol que se necesite. La gente se refugia en la sombra, y dejan de luchar contra el impulso de quitarse la ropa.

Santa Marta es el lugar donde creció mi madre, en medio de obstáculos y necesidades. Ser mitad costeño aparentemente me ha traído una que otra ventaja en el mundo, pero para ser un costeño completo hay que crecer en la costa, y poco ha sido mi contacto con ese lugar. La vida es más difícil, no hay muchas oportunidades, pero las cosas son más simples. Las fiestas de fin de año tienen una atmósfera especial, un aire de felicidad, de familia, de unidad, y se olvidan los problemas del resto del año. 

La gente es completamente diferente a la del interior. Por un lado, el calor hace que las vestimentas sean ligeras, y entre las mujeres es una lucha entre lucir demasiado atrevidas o aguantarse el calor, lo cuál se refleja en una constante examinar de los hombres. La música juega un papel fundamental en continuar con una cultura de calentura, de tradición, de trópico. El vallenato y la champeta suena en cada esquina, y la gente ha desarrollado un nivel de audición que les permite escuchar la voz de otra persona en medio del ruido, aunque puede fallar en ausencia de sonido. La familia es sagrada, los vecinos son familia, la hospitalidad una tradición. El fútbol se juega a pies descalzos, y dos piedras son un arco para un balón viejo y desinflado con el que han jugado varias generaciones en las calles. La ausencia de trabajo y la facilidad del acceso han hecho que las motocicletas se tomen las calles (como en muchas otras ciudades), y no es extraño ver familias completas de 4 personas en una sola moto, o una señora de avanzada edad con un bastón y sentada de lado en la parrilla. Las casas recuerdan a una Habana multicolor, las mismas construcciones de un piso con patio y alberca. Los morrocoy, gallinas y perros crecen sin demasiado cuidado en las casas, las calles se llenan de hojas secas de Mango, Almendro y Mamoncillo mientras el olor a fruta se extiende por todas las esquinas.

Las sonrisas en medio de la pobreza hacen preguntarse repetidamente sobre las cosas necesarias para alcanzar la felicidad. Para final de año, para muchos samarios parece bastante evidente que sólo se necesita un colchón, y un par de parlantes de 2 metros de altura para alcanzar la felicidad. Es la ciudad del rebusque, y el turismo trae consigo un abanico de oportunidades nuevas. El cachaco huele desde lejos, además de que siempre pronuncia la "s" (en Cartagena es la "r"), utiliza gafas de sol y tiene la cara roja.

Las playas son las más hermosas del país. En los puentes festivos, caravanas completas de barranquilleros inundan las playas del Rodadero para disfrutar del mar tranquilo y la arena clara. Taganga siempre aparece como un pequeño paraíso escondido, lejos de la ciudad, lejos de todo, que a pesar de volverse comercial en los último tiempos, sigue manteniendo el misticismo de un paraíso secreto. 



Tuve tiempo para relajarme, descansar, dejar que el tiempo pasara sin preocuparme por exprimirle cada segundo a un minuto, pude dejar de pensar tanto, de razonar demasiado. Logré sentir por un instante la tranquilidad que no se experimenta en la ciudad, y simplemente sentarme y sentir la brisa del ventilador. El exceso de familia me hizo reunirme con mis raíces, recordar el cariño de una bandada completa de primos pequeños, recordar el paso del tiempo con mis parientes, escuchar a cuatro comadres hablar de los días de antaño. El abanico de melodías y ritmos que escuché, me hizo sentirme humilde y respetuoso por todas las músicas, y me di cuenta que para muchas personas los ritmos tropicales significan tanto como el jazz, rock, blues y funk representan para mí, y que por eso mismo no puedo desprestigiar ninguna expresión musical, sino que debo apropiarme de ellas, como buen melómano, mientras reconocí que lo verdaderamente colombiano está en lo popular. El atardecer y la luna me llenaron de tranquilidad, la brisa y el mar, de serenidad. 

sábado, 16 de agosto de 2008

Dos días - Flaneurie

Los últimos, fueron dos días ejerciendo mi autoproclamado y desconocido oficio de flaneur como pocas veces. Hacía rato no me daba la licencia para seguir los impulsos de ciudad, sin preocuparme de la hora de llegada, ni de los deberes acumulados.
El viernes empezó como cualquier otro: llegué tarde a la clase de la mañana, me dormí toda la segunda clase, y escuché por una hora la charla del demente profesor de constitución mientras intento de algún modo acomodarme en los estrechos pupitres antiguos y hechos para pigmeos donde se dicta esa clase. Esta vez cumplí por primera vez mis labores de monitor, y una coincidencia hizo que el monitor de un par de nuevas estudiantes de administración no asistiera y yo, como buen samaritano, me encargué de explicarles todas sus dudas. El "efecto afrodisíaco del poder" del que alguien me había hablado se notaba en sus caras de admiración. Ya había sentido esa forma en la que las estudiantes calculan sus gestos y piensan sus palabras cuando se dirigen hacia mi cuando soy el que escribe en el tablero, pero nunca he podido acostumbrarme a esa especie de alabanza. Alguien diría que soy un tonto por no utilizar ese magnetismo que el poder confiere, pero tal vez simplemente el efecto groupie no va conmigo.
Esta vez el cielo estaba despejado como pocas veces. Sólo unas pocas nubes evitaban que los rayos del sol llegaran directamente y como resultado el clima estuvo templado, con brisa leve, ideal para caminar y experimentar la ciudad. Esta vez tenía un plan, unas cervezas prometidas y el deber de comprar la boleta para el concierto de Calamaro por la que por tanto tiempo trabajé. Esta vez, igual que la semana anterior, un amigo quiso intentar seguirme el paso. De esta forma la cosa funciona distinta, la conversación hace que el camino se sienta más corto y me convierto en guía, llevando a mi amigo por los caminos que suelo tomar, mostrándole las opciones, los lugares, las historias. Un perro callejero con una cabellera brillante nos escoltó a través del Parque Nacional, y allí comprobé que la torre del reloj restaurada por suizos sigue mostrando la misma hora de siempre. El centro se me presentaba como siempre, con ese especial encanto que ejerce sobre mí y que nadie termina de sentir del mismo modo, con edificios enormes que me hacen sentir pequeño, grandes estructuras de hormigón y acero, y con el Museo Nacional, escondido entre árboles viejos y oscuros, fuera de contexto, con sus altas paredes de piedra y jardines cortos, donde me escapo de vez en cuando. Recorrí mis pasos una nueva vez, pasando por el Planetario, el pequeño bar clandestino cerca de la Plaza de Toros, el Parque de la Independencia a la sombra del edificio más alto de la ciudad, el Museo de Arte Moderno, las salas de cine erótico, la Cinemateca Distrital, teatros, comercios, tiendas de música. Al llegar a la 19, mi compañero ya estaba bastante sorprendido, y lo quedó aun más cuando le mostré que al costado norte del lugar donde mataron a Gaitán, símbolo de lo que alguna vez pudo ser la igualdad social en el país, y con cuya muerte empezaron todos los verdaderos problemas, personaje tan colombiano como la bandera, había una gran tienda de Mac Donald's, justo en el medio de unas paredes que cuentan la historia de Colombia.
Llegamos hasta la plaza de Bolívar, y por no tener una cámara conmigo me perdí una de las mejores fotos que algún día pude haber: bajo la sombra de la buhardilla de un local cerrado, sentada sobre una tela azul oscura, con una gorra roja y sucia por el tiempo, una anciana vendía manzanilla. Tenía la apariencia de haber llegado a sus 86 años tal vez, y la encontré baja, corvada, bien sentada sobre un bordillo frente la puerta en la que improvisaba su expendio. Llevaba una oscura y larga falda, unas medias cortas y unas zapatillas de tela delgadas que caracterizan a las personas de edad. Un saco de lana azul abierto terminaba su presentación, y su rostro arrugado y de mejillas bien definidas era especial. Miraba hacia el horizonte, sentada de manera ortopédicamente correcta, con las manos sobre su falda, olvidándose de su mercancía,y todas las arrugas de su rostro se alineaban de manera que sus ojos y los pliegues en la piel tuvieran el mismo punto de fuga en la mira.
La plaza estaba siendo preparada para el cierre del festival de verano. Poco después, esa misma tarima que se ensamblaba se mantuvo para rendirle tributo a la fundadora y motor del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá.
Pasamos un rato tomando las delicias del Juan Valdez de la casa de la moneda, y obtuve más monedas de recuerdo acuñadas en el lugar. Nos reunimos con un tercer amigo y subimos hasta el Chorro de Quevedo. 
En la Candelaria, cada vez que se abren los ojos, o se gira la mirada, se obtiene una postal. La arquitectura antigua le da un toque romántico al lugar, y en los fines de semana, las hordas de universitarios listos para la vida nocturna empiezan a poblar la antigua ciudad. Esa noche, la luna estaba prácticamente llena, y los ánimos estaban ideales para pasar un buen momento.
Cerveza, Rock'n Roll y amigos. Esa fue la velada. Entramos a un agradable pub cercano a la calle del embudo, con pisos de madera, escaleras de madera, y lugares íntimos y de poca iluminación. Hablamos de todo, de mujeres, de música, de la vida, del país, de música, de mujeres y de mujeres. Tal vez hablamos demasiado de mujeres, pero una de aquellas ideales que nos imaginábamos apareció de repente en una mesa cercana, haciéndonos perder el aliento y dejar volar la imaginación por un buen lapso de tiempo. Salimos, con el alcohol dentro de la cabeza, con el cansancio de la jornada, pero con una satisfacción que no sentíamos desde hacía demasiado tiempo. En el bus de regreso, tal vez víctima de una sinapsis nerviosa lenta, intenté leer otro capítulo de El Gran Gatsby, pero sólo me gané un dolor de ojos.

El sábado tuve una agradable velada solitaria, como las que solía tener. Después de la clase de la mañana donde volví a hacer el papel de profesor, saqué Los Hermanos Karamazov de la biblioteca y volví a adentrarme a la ciudad. Esta vez quería observar una exposición de fotografía en el Planetario Distrital. Caminé un rato hasta el Museo Nacional, donde hice un esfuerzo sobrenatural para subir una empinada pendiente en el costado norte del museo hacia la Carrera quinta. En la mitad del acenso prometí no volver a fumar y maldije a Dostoievski por haber escrito un libro de más de 1000 páginas que me hacía perder el aliento. Al llegar arriba, después de recuperar el aire, pedí perdón a Dostoievski y observé una hermosa exposición al aire libre de fotografía de exteriores, parte también del proyecto al que planeaba asistir. Eran fotografías en gran formato de aves de jardines silvestres. El verde de la naturaleza plasmada en las imágenes me tranquilizó, y era fácil sonreír al reconocer las aves comunes de la ciudad. Compré un sandwich, un jugo, y un par de cigarrillos y me senté en una banca sobre el Parque de la Independencia. El viento era fuerte, los caminos de ladrillo estaban repletos de hojas secas y amarillas, y se acumulaban de forma certera sobre todo el follaje, dándole un aspecto descuidado al lugar. Mientras comía, unos niños jugaban y gritaban en un carrusel olvidado por el tiempo pero revivido por la imaginación de los infantes, que soñaban sobre los corceles de pasta ya sin pintura que se mantenían estáticos sobre un eje oxidado. El viento me apagó 3 cerillas, y como en una película, la última funcionó para darme la bocanada de humo nocivo que a veces utilizo para aceitar las neuronas. Empecé a leer el libro, y miraba de vez en cuando al cielo sin nubes y a los niños ruidosos, mientras las palabras me transportaban a un lejano lugar ruso. Después de un par de capítulos, bajé al Planetario, y entre los arbustos del parque descubrí una escultura de Copérnico algo rústica, pero con la intención de celebrar la astronomía.
La exposición de fotografía fue más pequeña de lo que pensaba. El fotógrafo (René Peña creo) poseía una cámara que le permitía tomar primerísimos planos, y decidió mostrar una serie llamada ¨Man Made Materials", donde diferentes partes del cuerpo eran fotografiadas, revelando texturas impresionantes, y patrones surrealistas, todo sobre nuestra propia piel.
Al terminar allí, y comprobar que me dolía aún más que el día anterior haber perdido la posibilidad de fotografiar a la vendedora de manzanilla, decidí que mi próximo propósito es una buena cámara. La tarde terminó en un centro comercial, y con la boleta de Calamaro en la mano :)

El contraste de mis caminatas en solitario y aquellas con algún tipo de compañía fue algo necesario. Por un lado, compartir las pasiones, y tener alguien receptivo a ellas, es gratificante. Suelo ser más bien social, y compartir un paseo por la ciudad cultiva una amistad. Pero el hecho es que siempre he sido un espíritu solitario, creo que no vale la pena buscar otra forma de decirlo, aunque no por eso me sienta aislado, y he aprendido que no debo esperar que alguien tenga una locura tan específica como la mía. Flaneur después de todo, experimentando los parajes de la ciudad, cantando por la acera, mirando en las ventanas. Dos días que merecen recordarse.

sábado, 20 de octubre de 2007

Agarrando Pueblo

Y lastimosamente no viví la época del Boom cinematográfico colombiano, pero estoy lo suficientemente acertado para saber del legado de Carlos Mayolo al cine nacional. Aquí hay un fragmento de "Agarrando Pueblo". El lugar es Cali, y en esa época todas las grabaciones de los noticieros y los documentales se encargaban de mostrar la miseria de los años 70 en nuestro país. Esta imagen de miseria aun se mantiene en la memoria de la mayoría de los extrangeros, y aunque la situación es distinta, las grabaciones suelen tener ese tinte de pobreza y hambre que hizo que Carlos fuera uno de los que utilizaran el término "Pornomiseria", una especia de morbo por lo más bajo de la sociedad.





Esta es una especia de película documental que se burla de aquellos que buscaban retratar esa decadencia de la sociedad colombiana de finales del siglo pasado.
Hay que decir, que toda sociedad latinoamericana presenta este tipo de problemática, pero es algo innegable que los medios suelen exagerar la realidad, y como resultado, siempre seremos un país tercer mundista a los ojos del mundo.

Fin de semana y el escape

Han sido un par de semanas agotadoras, y esa es la única razón por la que he dejado de escribir. La falta de tiempo hace que tu cabeza deje de preguntarse por pensamientos divergentes que no tienen nada que ver con tu trabajo, y el cuerpo cansado por la jornada vence cualquier intención de pensar en las palabras correctas para un diario secreto. Hoy me desquito, y escribo para mí, y para la gente que me lee en Perú y Chile de vez en cuando.

Y bueno, el jueves tuve que pasar la noche en vela por un trabajo que dejó de funcionar a las 11.59 pm. Me empezó a funcionar a las 6 am y la entrega era a las 9. La ausencia de sueño, combinado con toda una semana de trabajos hasta entrada la noche, terminaron por crear en mi mente una especie de malparidez cósmica que me hacía irritable y suceptible a buscar rabietas. Un viernes sin ganas de entrar a clases y sueño en cada silla con espaldar, y sin embargo el espíritu de las salidas de los fines de semana seguía latente. Dormido, cansado, con un libro de 3 kilos en mi espalda y con una modesta cantidad de dinero, dejé de asistir a la clase de la tarde con la excusa de regresar a descansar a mi cama. Incluso llamé a un amigo para que me acompañara a tomar un par de cervezas. Cuando me despedí de mis compañeros y me disponía a tomar el bus, me dí cuenta de que no era justo de que no me saliera con las mías durante tanto tiempo. Llamé a mi amigo y me inventé una excusa para abandonar mis propósitos iniciales. Me dolió en el alma mentirle, pero era de esas cosas que tenía que hacer.

De repente la mochila me pesó menos, y el clima me importó poco. Llueve mucho en Bogotá por estos días, y con los pies fríos y mojados me decidí a seguir mi ruta secreta: caminar hacia el centro sin rumbo.
Ahora que lo pienso, mi fascinación por el centro parece ser algo sin sentido para la gente con la que hablo, pues el centro para un ciudadano común es un lugar más y poco atractivo. Para mí representa algo especial, pero es especial porque es secreto. Mis incursiones solitarias hacia la zona más congestionada de la capital son las de un mochilero en un país nuevo, y a este lugar por el que miles de personas pasan todos los días a toda hora lo tengo en mi corazón como mi zona de escape privado. Es también la certeza de no encontrarme con alguna cara familiar la que me permite deambular sin destino y con todos los caminos a mi favor. Al principio de la semana me había inventado ya un dolor de estómago para caminar las hermosas arquitecturas de las casas antiguas que están sobre la vía principal en la entrada del centro, pero esta vez fue especial por la ira acumulada y la falta de tiempo propio.
Mi mente vagabunda se encargo de que mi cuerpo sin sueño retomara la vitalidad de siempre, y en el lugar de mis caminatas furtivas prendí el cigarrillo que sólo en ese lugar enciendo, al principio del camino que sólo yo recorro. De repente se hizo evidente mi ezquizofrenia cuando uno de mis sujetos recordó que había entrado al Museo Nacional y de que ese viernes se inauguraba una nueva exposición temporal. El otro sujeto me regañó por pretender internarme en un museo cuando los viernes es de fiesta y alcohol, mientras que yo tenía la intención de uno de los planes más geeks del mundo. Sin embargo, cuando recordé que era una exposición de cine no hubo segunda opción más que correr de inmediato aunque el cielo pintara para derrumbarse sobre las calles.
Bastaron dos cigarrillos, y un poco más de 30 minutos para llegar a la antigua cárcel de la capital que alberga las colecciones más importantes del país. El Museo Nacional siempre ha sido un lugar donde me siento cómodo y el cine es una de esas cosas que me llenan el hambre de historias, así que la combinación fue perfecta para soltarme la mufa de la semana. A la entrada estaban unos argentinos con una guía turística, y en la tiquetería unos gringos algo amargados. Extraño observar un extranjero fuera de las playas, pero reconfortante de espíritu.
Pagué la admisión, dejé mi pesada carga en el guardaropa y me sumergí en la historia del cine colombiano. Es una de esas experiencias reveladoras y educativas. Siempre he sido un amante del cine clásico a blanco y negro, y de las obras más tempranas del séptimo arte. Creo que debido a la falta de competencia, las primeras obras contaban con la misma calidad del teatro, y los directores se esforzaban por concebir verdadero arte visual. Fue bastante grato encontrarme con imágenes que se confundirían fácilmente con cualquier puerto europeo a no ser por la frase "miss colombia 1923", y aunque creo que no era ese el año, parecía la celebre grabación de la despedida del Titanic.
En fin, me encontré con un viaje por la historia y por los personajes y lugares que la hicieron posible (http://www.museonacional.gov.co/cine.html). Ahora el hambre por más de lo que presencié me ha devuelto la chispa que a veces me nace por las formas de arte que se me aparecen. La biblioteca de mi universidad es una de las más completas de latinoamérica pero no tiene las películas de Carlos Mayolo que busco, por lo que la búsqueda apenas comienza.

En fin, otro escape exitoso y gratificante que se suma a otras cuantas pequeñas victorias en mi lucha contra el mundo de la sociedad obtusa y la falta de tertulia.

lunes, 8 de octubre de 2007

Caminando por el Centro

Hoy decidí escaparme toda la mañana para caminar por el centro de la ciudad. Se suponía que debía encontrarme con compañeros para realizar un trabajo, pero decidí tomar el bus y pasear la ciudad, así que hoy terminé como el sujeto observador que pocas veces tiene la oportunidad de brindarse espacio.
Siempre le he tenido cierta mística al centro. Tal vez es porque años de crianza atemorizada me infundieron la creencia del peligro latente, o porque las altas concentraciones de gente hacen más notorios los contrastes. Es un lugar pintoresco, donde las arquitectura antigua se funde con el exceso de publicidad amateur de comercios informales. La historia de un país reposa sobre los cimientos de la zona, pero supongo que para que pueda continuar el ritmo de la sociedad actual la historia debe ser ignorada. Fue un día de lluvia, uno de los peores del últimos mes, especial para caminatas solitarias. San Victorino, la zona del comercio popular y del contrabando apareció primero, con los anunciantes en las puertas de los negocios con micrófonos y parlantes a todo volumen intentando llamar la atención a fuerza de notoriedad sonora. Chaquetas, celulares, cigarrerías, lechona, todo parece estar en su sitio, y la plaza es la misma plaza de cualquier pueblo del país, pero camuflada entre el transporte masivo y toneladas de asfalto, matizado por los sonidos del tráfico congestionado con el color que sólo los años de smog le brindan a los edificios más antiguos. Caminé en el sentido de los cerros, al oeste, cerca al capitolio, y me quedé mirando fascinado los lugares donde la gente se refugia de la lluvia. Cualquier lugar parece adecuado, y es cuando es evidente que en Bogotá todos los mostradores tienen paraguas a la venta.
Andube por cafés, ministerios, plazas, locales de artesanías, sin rumbo especial, regresando en mis propios pasos, con el paraguas en la mano y mi mente en las calles estrechas y pedestales con personajes desconocidos. Me desilucionó el hecho de que la presencia de universidades trajera consigo el de jóvenes de revistas y moda que también soporto en mi universidad, pero eso también enaltece la policulturalidad de lo verdaderamente urbano, si tal palabra tiene un significado real.
Como siempre observé a las personas caminar, intentando encontrar a alguien que luciera algo introspectivo. No encontré a nadie con la mirada trascendental que imaginaba y disfruté comer solo en un restaurante grande en medio de la lluvia. Pensaba que me toparía con cafés de bohemia en cada esquina, pero más bien fue todo lo contrario y las cosas de las clases más populares están en cada esquina. Sin embargo, el hecho de no encontrar ese mundo intelectual imaginario del que quiero ser parte no evitó que esbozara una sonrisa en mi rostro al tener que volver a la rutina del lunes. Me dí cuenta de que las personas que viven en este pueblo grande se pueden tomar la vida relajademente del mismo modo que yo defiendo pero sin preocuparse por tener una educación en filosofía, literatura o artes. Disfrutan de cosas más simples como una buena promoción o una serenata tradicional. La cantina es tan válida como el pub, y no soy mejor por tener tres idiomas y medio en mi currículo. Una lección de humildad y de ciudad, que terminó con un joven cantando Andrés Calamaro en el bus. Buen día de ciudad.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Red Soul, Aura

Hoy fui con él. Me solidaricé con esa persona desesperada por entregar todas sus emociones, pero encerrado en su propia imagen y timidez. Rafael nunca ha sido un Don Juan, y todo lo contrario, ha sido bastante malo para relacionarse con el género opuesto. Sus conquistas se reducen a una mujer en un asado a la que nunca pidió el teléfono. Cuenta historias de las salidas con sus primos bien parecidos, que llevaban suficientes pretendientes para ellos y para él, aunque tomar las sobras no le molestaba. Su cabellera y vestimenta de metalero nunca colaboraron con la empresa. Hasta ahora, víctima de la desesperación, y de darse cuenta de que sus amigos tienen todos con quien pasar la velada, el mundo de las mujeres se la ha subido a la cabeza. Es de estatura corta, contextura poco pretenciosa, piernas cortas. Su cara y piel muestran la batalla del adolescente contra el acné. No tiene tampoco ese mentón marcado y geométrico que parece que les encanta, y su ahora corto cabello no tienen ningún estilo original o rockero con el que alguien se pueda identificar. Después de que superó las camisetas de Megadeth se dedicó a coleccionar camisetas de equipos de fútbol, especial para abrir conversaciones con niñas.
Pero es de esas personas, esas almas de buenas voluntades y moral elevada que te llegan profundo. Inevitable darse cuenta de que es buen amigo y un tipo leal, de las personas de las que debes rodearte. Me lo encuentro ahora con esa obsesión, esa urgencia por una linda que lo quiera y no le pida bailar. Yo terminé con mi novia hace cinco meses, el no ha tenido acción en tres años, pero esas miradas de enfermedad me contagiaron la necesidad de la vida social.
Por mi parte no soy el más indicado para conseguir las llaves de una modelo, pero tengo suficiente para posar en mí un par de miradas no demasiado serias. Decidí que lo ayudaría, y que en el proceso conseguiría a alguien para mí. Pero ellas sienten el aura compadre, todos pueden sentirla, no es fácil escaparte de lo que eres.
El Red Soul es mi tipo de lugar. Vale la pena decir que mi tipo de lugar es aquel que me pone mi música. Esta noche, en el poco tiempo que andubimos sonaron Ramones, The Strokes, REM, Offspring, Oasis, U2, y varios con los cuales me identifico. En poco tiempo publicaré una lista con mi selección, pero es demasiado larga y tela de otro lugar. El hecho es que llegamos allí después de unas cerveza en otro lugar sin demasiada mística, y por casualidad me topé con unos amigos míos. Me senté en la mesa del lado, y hablamos un rato. Luego saludé a una chica que estaba con ellos y charlamos poco. Todo iba bien, una nena nueva para hablar, se llamaba Catalina y estudia lenguas. Decidí presentarle a Rafael y todo terminó, el semblante cambió, y prefirió el silencio a continuar una charla con nosotros. Te olió el Aura loco. El alma de ingeniero, los números y el metal se filtran a traves del buso sin gracia especial que llevabas. Red Soul, Alma de bueno, esas cosas ya no funcionan.

martes, 21 de agosto de 2007

Bus

Me gusta tomarlo en el paradero al frente del parque Nacional. Está a unas cuadras de distancia, donde nadie conocido puede observarme, y puedo ser lo que quiero ser sin que nadie me juzgue. La sola proximidad con el parque me permite pensar en olvidar la ruta e ingresar a leer y fumar uno de esos cigarrillos ligeros que he aprendido a disfrutar. Hay algo satisfactorio en todo el proceso, y me alejo de las situaciones ordinarias de la vida universitaria y el estereotipo del estudiante de ingeniería. El músico y pensador de corazón pertenece al parque y observar la ciudad. Generalmente mi estómago hace protestas para que no me deje seducir de la vida bohemia y regrese rápido para darme el festín del medio día en casa y así, en medio de la carrera séptima, me detengo a observar y esperar. Ese punto es la entrada al centro, y la ciudad se presenta como es, sin tapujos dados por la pudencia o la pobreza, sólo edificios de todas las edades y el asfalto. El tamaño de las construcciones suele hipnotizarme, siempre miro al cielo, y las terrazas se ven bastante más cerca de leer las nubes. Aunque se que he caminado bastante, me rehuso a tomar la ruta que me deja unas cuadras más alejado: la ruta que me deja más cerca se demora bastante más, y me permite observar un poco más la situación. Sé que existe una escultura en la mitad del parque, pero la verdad nunca le he puesto demasiada atención. Sirve de un hermoso fondo para tomar el transporte, y prefiero llegar hasta allí, para el deleite de los que me miren subir. Del otro lado, la nueva lagartija del logo de ecopetrol me hace recordar una conversación sobre los efectos del refinanciamiento que dio la venta de acciones.
Pasan varias opciones, pero espero por el 492 o el 914 que dice Ferias. Aprovecho para tomar el poco aire que los pulmones del cerro le brindan a la ciudad. En ese punto, el oxígeno del bosque se combina con la fragancia muerta del humo de la ciudad y me siento en casa.
Es fácil darse cuenta de que la gente no mira a otra gente cuando te dedicas a mirarlos pasar y nadie te presta los ojos. Al menos no del mismo modo. Miran sin cuestionarse sobre el camino o el nombre de la otra persona. Absorto en tus propios asuntos, el mundo se reduce y no puedes observar la grandeza de lo que te rodea. También me pasa, pero procuro no dejar de asombrarme.