sábado, 1 de agosto de 2009

Cadaver Exquisito No.1

Llosa:
Chillido rojo del grillo
Pared percudida de frío y angustia
La casa del gringo sonriente
Dedos expertos de carpintero viejo
Rumor de Calles y Soledades


Final:

Sus labios entran en mi como la brisa.
El perro se derrite en la cocina.
Aire que no respiro, es fuente de su ausencia:
rumor de calles y soledades.


Ciudad de calamares de tinta distraída

domingo, 1 de marzo de 2009

Final Cambiado


Él solía ser bastante bueno en relacionarse con las mujeres, o al menos con las desconocidas que le interesaban. No es atractivo, pero correspondía a ese grupo de personajes que tienen cierto atino en las palabras y que pueden comunicarse con facilidad y seguridad, y creía con certeza en su talento para descifrar a las personas. Cada vez que iba a un bar, sabía desenvolverse y expresarse de la forma adecuada para impresionar cierto grupo de personas del género opuesto. En lugares como aquellos, donde siempre hay más hombres que mujeres, lograba triunfar en el juego de miradas, y avanzar desde un simple hola hasta verdaderos trofeos en una sola salida de cacería. Para él, la cosa era simple observación, simple provocación, simple seguridad, simple proyección. 
Jugaba el juego sin motivación. Al final de cada noche sabía que se iba a encontrar a otra de aquellas mujeres que se impresionaban demasiado fácil cuando les contaba algo acerca de lo avanzado de sus estudios, de su pasión musical, o simplemente de lo natural que parecía verse cierto baile en él. Lo vacío de sus encuentros lo tenían pasmado. Había perdido la fe en la humanidad hacía demasiado rato, tal vez porque sentía que no valía la pena pensar en un lugar donde nadie quiere escuchar las ideas y estaba completamente resignado a sentirse completamente solo, a llegar a otro final repetido, a vivir en un mundo donde el exceso de conciencia se tilda como locura. Así que siguió jugando, porque le gustaba manipular por las palabras, intentar descifrar las intenciones en los ojos, leer el lenguaje corporal, levantar las cejas y hablar con voz ronca para que ellas se mordieran el labio y abrieran más los ojos. Le gustaba sentir que podía ser extrovertido y con empatía cuando se lo proponía. Le gustaba creer que podía pasar desapercibida su soledad.

Ahora descubrió que es adicto a ella.

Adicto a la melancolía, a las noches en vela, a las caminatas solitarias. Ahora tiene la oportunidad de dejar las soledad y no la toma, deja pasar el bote en el embarcadero sin siquiera mirarlo con recelo. Encontró a alguien que cree que su locura es interesante, a alguien que le gusta la forma en la que habla de las cosas de manera neutral como si fuera un espectador lejano, a alguien que parece reconocer en sus ojos las arrugas de alguien reflexivo, que sonríe cuando él ignora el mundo para dedicarse a cantar. Aún así, después de vagar en una rutina adormecedora por encontrar esas reacciones, no puede terminar de abrir su corazón. No ha podido descifrar su forma de actuar, no ha logrado dejar de lado la suspicacia y disfrutar. Es un viejo ogro en lo espeso de un bosque sordo y lleno de maleza que no deja avanzar. Se mantiene al tanto de las noticias de la humanidad, pero si la vida desapareciera de repente, no podría derramar una lagrima. Una vez quiso escribir una historia alegre con final feliz, pero lo arruinó como muchas otras historias más.

sábado, 28 de febrero de 2009

Febrero

Hacía mucho tiempo que tenía aplazada la escritura. Supongo que he estado sumergido por demasiado tiempo en el mundo de las cosas, de la rutina, de la vida académica, y a pesar de todo esta vez, seguramente por haber logrado superar una franja de prolongada angustia y gritos de soledad, siento que estoy, al menos parcialmente, tranquilo con la forma en la que ha llegado a manifestarse mi existencia. En este intervalo estoy más ocupado que en cualquier otro momento de mi vida, y sin embargo, siento que he tenido más espacio para ser lo que soy sin ocultárselo a nadie. He descubierto que la felicidad no es más que la posibilidad de tener un lugar para ser. No creo que halla llegado a un estado de felicidad, tal vez el adjetivo es demasiado directo y utópico, además de que suena a los odiosos libros de autoayuda, pero creo que estoy experimentado un nuevo y renovado momento de paz, de aparente ausencia de malparidez existencial, de claridad mental. Tal vez simplemente me cansé de sonar tan Emo. 


Asumo que es probable que me esté volviendo viejo, y los caprichos y problemas que agobian a la juventud están lejos de mí (ahora parece que puedo decir juventud y creerme del otro lado), aunque al mismo tiempo están bastante cercanos, pero ahora simplemente los veo de otro modo. Diría que la dinámica es bastante clara: cada vez que me sumerjo en la rutina, en la ocupación, en la falta de necesidad de pensar, me envuelve una sensación de angustia, de vacío, una sensación que muestra lo absurdo de estar completamente alienado por entes externos a mi propia voluntad. Así que grito, escucho blues, fumo, aceito las neuronas, flaneureo, me distraigo, dejo volar la imaginación, y encuentro la falta de sentido en las cosas que solían ser importantes en otro tiempo. Este ciclo se repite sin cesar, y cada vez que me muevo de un lugar a otro, dejo de escribir, dejo de gritar, porque es un grito para mí interior, una rabia con mi falta de fortaleza, una protesta contra mi propia inseguridad, y que no encontrará respuesta en un lugar sin escuchas. Sin embargo, ahora me siento relajado, los demonios internos han hecho tregua con mis ganas de dormir, me concentro como nunca en terminar lo que empecé sin demasiado criterio hace algún tiempo, y dejo que Alonso Llosa viva fuera de la pequeña interfaz negra de letras blancas en la que suele apenas respirar un par de veces cada mes. 


He llegado al punto en que soy uno solo, y he fracturado la máscara que representaba la ambigüedad de mi existencia. Creo que acepté de una vez por todas que no vale la pena ocultar ciertas aficiones al mundo, y que el mundo es el que se debe acostumbrar a mis desvaríos. Supongo que ha sido todo un proceso: reconocer los errores, reconocer la máscara, reconocer la existencia de la inquietud que me domina, reconocer la falta de libertad a la que me someto, reconocer la soledad que sólo la inquietud trae, reconocer la existencia de la máscara, reconocer que soy uno solo a pesar de todas las encarnaciones que me inventé. Aunque ha sido un descubrimiento solitario, debo reconocer la ayuda que brindó la existencia de personas que me permitieron encontrar oídos receptivos a mis locuras sin conexión, después de todo, el espacio que me ha permitido conciliar mis dilemas han estado en otras almas atormentadas.


Así las cosas, ahora he decidido darle un espacio a cada cosa, y respetarlo a morir. Eso no me ha hecho más responsable ni ordenado con el tiempo, pero al menos ahora, no me preocupo por gastar tiempo en algo diferente a los deberes, sino que sé que no es el tiempo de los deberes, lo que me quita la sensación de estar procrastinando, o la culpa por creer que pierdo el tiempo. Llevo un cuaderno para dibujar al que llamo El Cuaderno de Procrastinar y le muestro mis horribles dibujos a todo el mundo, y lo saco cada vez que la clase es demasiado aburrida y cada vez que me vuelo al café de siempre a tomar un tinto con brownie o cada vez que decido hacer un descanso en una jornada larga. Es evidente que no nací para hacer bocetos, pero el ejercicio de dejar llevarse por impulsos mentales es suficiente estímulo para no ahogarse por completo en la monotonía del día a día.


Hay unas cuantas personas que han sido importantes, sólo por el hecho de estar, en darme una esperanza de doble filo (porque la esperanza en una soledad insoluble duele), en escuchar, en opinar, que terminaron en hacerme sentir real, y me ayudaron a descubrir mi identidad. Una esta al otro lado del océano, una fotocopia de mi mente en otro empaque, y la otra parece que nunca tiene suficiente de mí: tal vez tiene demasiado sentido que halla terminado saliendo con una periodista amante de la literatura y de la crónica. A Asia (de la que escribí hace mucho tiempo) incluso le gusta que cante a toda hora, en cualquier lugar, sin razón aparente, mientras que al resto del mundo le parezco un loco (además cada vez que digo algo en mi triste y escaso manejo del francés me abraza con fuerza). También he dejado que mi aburrida conciencia se manifieste en los entornos de siempre, y reconozco los buenos amigos porque aparentemente, siempre reconocieron esos atisbos de locura, y ahora la aceptan sin demasiado drama. Solo me queda terminar, seguir en la rutina que ahora parece llevadera, dejar que mi mente vuele sin más obstáculos que la realidad, y dejar de preocuparme por el futuro, mientras veo la forma de explorar mis pasiones y seguir siendo.


martes, 20 de enero de 2009

Ella dijo:
"Tengo un poema favorito. Dice:

La campana de la soledad
tañe sin ser tocada
melancólicamente es la segunda naturaleza de un hombre nostálgico
pero se es más extranjero viviendo aquí
con nostalgia en casa
como si hubieras vagado por años
y de pronto, recordarás un familiar sendero bajo la luz de la luna"

Tengo que leer más poesía asiática

viernes, 16 de enero de 2009

Días

Hay días en que nada tiene sentido. Hay días en que parece que no hay nada que valga la pena. Días sin objetivos, días sin razones. Días en los que se pierde el horizonte. No sirve la anestesia, no sirven las distracciones, solo queda la nada y la resignación. 

¿Cómo no caer en el existencialismo si parece que nadie se preocupa por algo diferente a la supervivencia?¿cómo vivir sabiendo que no existe la magia?... La soledad es la razón del exceso de conciencia, pero depender de otra persona para encontrar razones para vivir significa que una vida solitaria no tiene argumentos reales, o tal vez el único argumento que se necesita es encontrar a alguien más que no sepa qué hacer con su vida. Tal vez por eso tantas almas deciden acabar con una existencia sin sentido, o al menos carece de sentido en la soledad. Tal vez yo tampoco soporte demasiado tiempo una mente que nunca se calla.

lunes, 12 de enero de 2009

Del viaje a tierras caribes


Hay días en que la falta de viento hace que las hojas de los árboles se mantengan inertes, estáticas, muertas, y en esos días no existe un escondite para huir del calor. Hay otros días en los que la brisa no deja caminar, y es necesario hacer posturas extrañas para romper la resistencia del aire. A la brisa, la llaman ¨la loca¨, y no es precisamente por ser racional. En los días sin brisa, el ventilador que decora cada cuarto solo mueve aire igual de caliente a la temperatura, y la vida se vuelve pesada, sofocante, cada movimiento se piensa de acuerdo a la cantidad de exposición al sol que se necesite. La gente se refugia en la sombra, y dejan de luchar contra el impulso de quitarse la ropa.

Santa Marta es el lugar donde creció mi madre, en medio de obstáculos y necesidades. Ser mitad costeño aparentemente me ha traído una que otra ventaja en el mundo, pero para ser un costeño completo hay que crecer en la costa, y poco ha sido mi contacto con ese lugar. La vida es más difícil, no hay muchas oportunidades, pero las cosas son más simples. Las fiestas de fin de año tienen una atmósfera especial, un aire de felicidad, de familia, de unidad, y se olvidan los problemas del resto del año. 

La gente es completamente diferente a la del interior. Por un lado, el calor hace que las vestimentas sean ligeras, y entre las mujeres es una lucha entre lucir demasiado atrevidas o aguantarse el calor, lo cuál se refleja en una constante examinar de los hombres. La música juega un papel fundamental en continuar con una cultura de calentura, de tradición, de trópico. El vallenato y la champeta suena en cada esquina, y la gente ha desarrollado un nivel de audición que les permite escuchar la voz de otra persona en medio del ruido, aunque puede fallar en ausencia de sonido. La familia es sagrada, los vecinos son familia, la hospitalidad una tradición. El fútbol se juega a pies descalzos, y dos piedras son un arco para un balón viejo y desinflado con el que han jugado varias generaciones en las calles. La ausencia de trabajo y la facilidad del acceso han hecho que las motocicletas se tomen las calles (como en muchas otras ciudades), y no es extraño ver familias completas de 4 personas en una sola moto, o una señora de avanzada edad con un bastón y sentada de lado en la parrilla. Las casas recuerdan a una Habana multicolor, las mismas construcciones de un piso con patio y alberca. Los morrocoy, gallinas y perros crecen sin demasiado cuidado en las casas, las calles se llenan de hojas secas de Mango, Almendro y Mamoncillo mientras el olor a fruta se extiende por todas las esquinas.

Las sonrisas en medio de la pobreza hacen preguntarse repetidamente sobre las cosas necesarias para alcanzar la felicidad. Para final de año, para muchos samarios parece bastante evidente que sólo se necesita un colchón, y un par de parlantes de 2 metros de altura para alcanzar la felicidad. Es la ciudad del rebusque, y el turismo trae consigo un abanico de oportunidades nuevas. El cachaco huele desde lejos, además de que siempre pronuncia la "s" (en Cartagena es la "r"), utiliza gafas de sol y tiene la cara roja.

Las playas son las más hermosas del país. En los puentes festivos, caravanas completas de barranquilleros inundan las playas del Rodadero para disfrutar del mar tranquilo y la arena clara. Taganga siempre aparece como un pequeño paraíso escondido, lejos de la ciudad, lejos de todo, que a pesar de volverse comercial en los último tiempos, sigue manteniendo el misticismo de un paraíso secreto. 



Tuve tiempo para relajarme, descansar, dejar que el tiempo pasara sin preocuparme por exprimirle cada segundo a un minuto, pude dejar de pensar tanto, de razonar demasiado. Logré sentir por un instante la tranquilidad que no se experimenta en la ciudad, y simplemente sentarme y sentir la brisa del ventilador. El exceso de familia me hizo reunirme con mis raíces, recordar el cariño de una bandada completa de primos pequeños, recordar el paso del tiempo con mis parientes, escuchar a cuatro comadres hablar de los días de antaño. El abanico de melodías y ritmos que escuché, me hizo sentirme humilde y respetuoso por todas las músicas, y me di cuenta que para muchas personas los ritmos tropicales significan tanto como el jazz, rock, blues y funk representan para mí, y que por eso mismo no puedo desprestigiar ninguna expresión musical, sino que debo apropiarme de ellas, como buen melómano, mientras reconocí que lo verdaderamente colombiano está en lo popular. El atardecer y la luna me llenaron de tranquilidad, la brisa y el mar, de serenidad.