domingo, 23 de noviembre de 2008

Monológico

Mi expresión se deteriora, mis palabras se reducen. He dejado de lado aquello que me impulsaba a sacar aquello que me atormentaba por las noches. Poco a poco dentro mí sé que está pasando aquello de lo que he intentado alejarme: me resigno. Dejo que pase el tiempo, dejo que la rutina dicte mi vida. Sin darme cuenta, he reprimido mis impulsos por alejarme de los círculos de siempre, he dejado que la llama que me hacía diferente perdiera su fuerza. Las caminatas, las pequeñas batallas ganadas pierden cada vez más significado. La soledad me consume mientras mantengo la sonrisa de siempre. La música me guía a lugares que quisiera explorar, pero la necesidad de crear se va desvaneciendo, desvanezco, pierdo aquello de lo que me sentía orgulloso.

Quiero culpar a la soledad. Hay una parte de mí que no puedo explorar con nadie, una serie de pensamientos que no puedo cultivar porque no existe un terreno fértil para hacerlo. Cada día tengo esa necesidad de sentirme conectado, de estar en algún lugar, pero cuando miro a la gente que aparece, se hace más fuerte la sensación de que no pertenezco, y sin embargo, sigo ahí, y me obligo a pertenecer, me obligo a dejar de ser. 

La mismas palabras recorren mi cabeza una y otra vez: estoy rodeado de gente y soy el ser más solitario. La soledad es lo mío. Caminar por ahí, sin destino, tomar un café, mirar el atardecer, mirar los edificios, dejar que la lluvia toque mi piel... son cosas que aprendí a disfrutar solo, y aunque suelo crear unos extraños escenarios donde tengo alguien a mi lado, la verdad es que la compañía haría del momento algo diferente. Pretendí ser demasiadas cosas y me quedé sin ninguna. Ahora todo es imaginación, y cuando la razón la ataca, sólo queda la desesperanza. Tal vez sea eso, perdí la esperanza. Acepté que siempre estaré solo, que nadie más reconocerá en mí las cosas que me definen, y el mundo sólo conocerá la brillante máscara que me formé. Así que ya no me molesto en buscar reacciones especiales en la gente, simplemente recorreré mis lugares dejando que alguna fotografía me conmueva, aprenderé a no compartir mis recuerdos, a que los pensamientos son míos, que los dilemas son propios, a que puedo alimentarme solo. Tendré que aprender a soportar el dolor que admitir la soledad trae, pero es mejor aceptarlo rápido antes que crearme ilusiones. Si, creo que con esto queda claro: perdí la fe en la gente. Aparentemente no existen personas que crean que la vida sea algo más que lo que aparece en sus narices, no aparece nadie que crea que la vida hay que pensarla. Tal vez es simple rabia, acumulada por tanto tiempo de no encontrar algo que me de esperanza. Tal vez soy yo, que dejó de lado el camino de aquellos que dejaron de hacer preguntas hace mucho tiempo.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El Cielo y la Ciudad

Terminó más rápido que de costumbre la pequeña clase que dicta los sábados porque no quería que lo atrapara la lluvia en un intento más de llegar ha ningún lugar en una de sus caminatas sin destino. Siempre dicta esa pequeña clase como forma de agradecerle a su profesor de idiomas las clases gratis que suele darle, y aunque tome demasiado la noche anterior, y aunque a veces no llegue a casa, la mañana del sábado no puede faltar a la cita. El mediodía era un típico mediodía bogotano, suficientemente claro para convidar a los transeúntes a salir, pero suficientemente nublado para esperar un diluvio. Desayunó tarde, y sin demasiada prisa por la comida del mediodía, prendió un reproductor de música viejo, y escuchando una elección propia de rock independiente británico, y empezó a caminar de nuevo hacia el sur por la acera principal, sin saber a donde lo llevaría esta vez el impulso de caminar. Esta vez, a diferencia de la mayoría de veces, lo único que cruzaba su mente eran las melodías y las letras de las canciones vibrando en el par de audífonos, y mientras daba un paso, sus manos seguían el recorrido de los trastes imaginarios de una guitarra imaginaria, y tomaban con fuerza las baquetas imaginarias de una batería imaginaria, mientras cantaba a un volumen suficientemente alto como para que lo consideraran un loco.
Caminó más lento que de costumbre, tal vez esperando que la hora de la comida o la amenaza de lluvia terminaran por quitarle el impulso de adentrarse en la ciudad, pero la indecisión se desvaneció, y encendió un cigarrillo en un kiosco en el momento en que empezaban a caer gotas de cielo. Se quitó los lentes, tomó un par de bocanadas de humo, y subió el rostro, disfrutando la forma en que las gotas frías tocaban su piel. Siguió caminando, y disfrutó el momento hasta que sintió que el vértigo de la lluvia aumentaba fuertemente. Buscó refugio rápido en un techo corto a la entrada de una panadería cercana, y terminó el cigarrillo mientras la gente corría de un lado para otro buscando escapar del agua. 
El tiempo pasó al ritmo de la música que escuchaba, el salpicar de las gotas sobre los charcos lo mantuvo distraído por un buen rato. Estaba serio, distante, miraba el cielo, miraba la gente correr. Pensaba en lo poco preparado que estaba para un cambio de clima, pensaba en que tal vez su camino terminaría ahí. Examinó el interior del local. Un par de mujeres estaban refugiándose del cielo, compraron unos panes, y hablaban de algo que no podía distinguir mientras que se reían nerviosamente después de que él las mirara sin ningún interés en particular. Una niña pequeña, con unas botas de caucho y un trapero viejo estaba determinada a combatir la entrada del agua al sótano. Una niña más pequeña aún llegó hasta la puerta, habló sobre un aguacero y le regaló una sonrisa. Cuando él le devolvió con la misma sonrisa, el par de mujeres se conmocionaron, tal vez porque lucía demasiado distante y frío como para sonreír.
El tiempo pasó, compró unas galletas con chocolate con la intención de engañar a su estómago, y observó las noticias de un televisor dañado. Cuando sintió que la lluvia cedía, salió del local y caminó con las manos en los bolsillos de nuevo por la acera. Esta vez el agua lo empapó en cada centímetro seco, y el agua inundó el interior de sus zapatos de tela. Volvió a subir la mirada y sentir las gotas sobre su rostro. Tomó otra estación, y se puso a bailar al ritmo de Futureheads en las escaleras de un edificio viejo. Un sujeto con pocos cabellos en su calva, se tapaba con una agenda la cabeza. Siguió caminando, observaba la gente refugiada, los carros nadando, los árboles inquietos. Entró en un centro comercial, esperó otro rato más al frente de un banco, llegó al frente de un museo y decidió regresar. Tomó el bus, se sentó al lado de una mujer con una perforación en el labio, una chaqueta de jean, y un gorro azul. El diluvio hizo que el tráfico fuera extremadamente lento y en el punto de mayor afluencia vehicular, un par de carros de bomberos termino por paralizar el flujo. Cerró los ojos y se dejó vencer por el tedio y los gases nocivos de los carros. La mujer a su lado también parecía dormir, aunque sintió que se apoyaba cada vez más en él de manera intencional. Llegó a su casa una hora después, cansado, mojado, y sin demasiada satisfacción. El cielo no quiere a la ciudad, e hizo lo posible para convencerlo de su posición.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Deja Vu

Hacía tiempo no sentía que la soledad me arremetía con tanta fuerza. Tener que reprimirse tantas frustraciones pueden acabar con las ganas de luchar, y es inevitable que descuide las cosas por las que debo responder. Tal vez si tuviera alguien sobre quien derrumbarme sería más fácil conciliar las cosas, o al menos volver a ese estado de anestesia mental en el que se deja de pensar demasiado y a veces envidio. Solo queda el sentimiento de amargura, de tener tanta gente a mi alrededor que me ve como la persona más sociable y extrovertida del mundo, cuando en realidad, la máscara social solo oculta la soledad de mi interior.

Siempre fui demasiado observador, tal vez demasiado para mi edad. Después de haber sido una persona distante y aislada, reconocí los comportamientos que traían consigo la simpatía de la gente. Aprendí a manejar el público porque desde pequeño estuve al frente de grandes auditorios, y aprendí a contar historias. Me gusta creer de aquellos que dicen que hay que ser muy inteligente para hacer reír a la gente, y creo que puedo hacerlo sin demasiado esfuerzo. Sin embargo, para los que me conocían desde antes, me mantuve con el mismo perfil bajo, aislado, leyendo libros en el tiempo libre, perdiendo tardes enteras en una partitura, haciendo cosas que una persona normal no hacía. Supongo que todo hace parte de lo que me convirtió en lo que soy, aunque hay veces que nunca termino de descifrarlo bien.

Llego a un lugar y la gente empieza a animarse. Pregunto por todos, me preocupo por que todos se sientan incluídos. "Ustedes son pura alegría", eso fue lo que dijo un conocido cuando empezó a conocerme con mis amigos. Invento algo, saco un apunte, hago que todos se sacudan, se la monto a alguien, me burlo de mi mismo, digo algo sexista, miro directamente a los ojos a las mujeres del lugar. Puedo decir que tengo habilidades sociales, que puedo hablar con cualquiera sobre casi cualquier tema. Sin embargo, la máscara nunca es seria. La gente a mi alrededor a veces simplemente se queda callada esperando a que yo diga algo, que saque la chispa que haga estallar las risas, que saque el apunte que les alegre las vidas. "¿Alguien ha llevado alguna vez un diario?", dijo Asia, y yo simplemente me mantuve en silencio, dejando que la máscara se hiciera cargo de evitar la pregunta y sintiendo los comentarios de los demás hiriéndome el orgullo. 

A pesar de todo, es evidente que mi problema es no tener con quien hablar de cosas que valen la pena ser habladas, y he estado así por tanto tiempo, que simplemente creo que cuando llegue el momento de hablar de cosas más cercanas al alma, no seré capaz de decir nada. Es difícil cambiar de círculos, y la gente con la que me ha tocado convivir no me ofrecen ese estímulo para sacar de mí tantos pensamientos que merecen ser pronunciados pero que nadie está dispuesto a escuchar. La envidia que siento por aquellos que elegieron darle rienda suelta a su mente y dedicar su vida a ello no tiene fin. Mi decisión no fue cobarde, sólo miope, y no tenía tanto criterio en aquel momento, todavía no tengo nada cercano uno. 

Lo más normal de alguien como yo sería tener pareja. Pero no he podido encontrar alguien que me incite a mostrarle el sujeto detrás de la máscara. Seguiré siendo hermitaño supongo, aquel hermitaño sin montaña. Gente a mi alrededor que me aprecia, pero nadie que me entienda, nadie que quiera descubrir lo que hay por dentro. Soy demasiado exigente después de todo, poco conforme, fuera de contexto, lejos de mi elemento. El que piensa demasiado nunca puede ser feliz, el que piensa demasiado está condenado a la soledad.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Desvelos

Últimamente he estado agobiado de demasiados deberes que no pueden aplazarse. Descubrí en la cafeína la mejor herramienta para aprovechar la noche, y en la noche es cuando mi mente está más despierta, aunque el resto del día a veces parece que pierde el brillo. Tres noches seguidas he mantenido mis párpados abiertos gracias a grandes dosis poco saludables de tinto negro fuerte. Después de un tiempo intentando trabajar, simplemente empiezo a distraerme con facilidad y a intentar hacer demasiadas cosas al mismo tiempo. Me quedo dormido mientras intento escribir, incluso cierro mis ojos y me imagino las palabras que atraviesan mis dedos sin demasiados rodeos. Nadie dijo que esto era fácil, pero mi cuerpo ya me está cobrando las veladas sin descanso que he tenido que soportar.

El sueño es brutal, tal vez si cierro mis ojos lo próximo que salga vendrá directamente del subconsciente. Ya van casi dos párrafos borrados por incoherencias que pronuncian mis dedos cuando cierro los ojos.... lo que siga lo escribiré otro día.

En los últimos días me dejé absorber por completo por los deberes y la rutina. Por un par de semanas fue necesario dejar la pensadera y convertirme en un autómata que simplemente trabaja y trabaja para conseguir una calificación decente. La noche siempre ha sido mía, el momento de mayor lucidez, pero dejar la noche para los trabajos me ha desgastado de una manera considerable, y siento que me encierro en una jaula cada vez que tengo que darle mis mejores minutos a algo que no me motiva demasiado. Me consumo, me desvanezco, y mi mente se anestesia en el proceso. Me vuelvo igual a todo el mundo. Quiero convencerme de que estos momentos son sólo temporales, que al menos una vez cada cierto tiempo debo concentrar mis energías en luchar por terminar las cosas que he comenzado, aunque cada vez es más difícil de conseguir. Después de hacer por tanto tiempo cosas que no me gustan, empiezo a odiarlas.

Me desvelo siempre, me desvelo por gusto. La noche es mía y la luna es mi testigo. No sé en que momento empecé a robarle tiempo a mi noche para otras cosas ajenas. Debería empezar a madrugar para aprovechar mejor el día, pero es imposible para alguien como yo. Quisiera decir que he perdido el horizonte, pero es evidente que nunca he tenido uno. La idea de dejar tirado todo y escapar a un lugar lejano me invade demasiado seguido. Tres mil dólares para irme a Inglaterra, cuatro mil dólares para irme a Japón, viajar, cambiar de aire.... todo se reduce a dinero... para tener dinero tengo que trabajar... para trabajar de una manera digna debo terminar... para terminar tengo que seguir soportando las veladas sin sentido.... dinero para compararme la libertad... esclavitud antes de libertad.... esclavitud antes de la esclavitud para lograr la libertad. Por ahora solo me queda maldecir en la noche.

domingo, 26 de octubre de 2008

Pasiones

Cada vez que conozco a una persona nueva siempre hace la misma pregunta, y yo siempre respondo igual: "¿Qué estudias?"- y yo - "¿Qué parece?". Con la del sábado ya van dos veces que me responden literatura. Cuando me responden, tengo una lapso donde me cuesta volver a la calma, donde hay muchos sentimientos desbordados y encontrados con los que siempre debo lidiar. Entre los pensamientos que se cruzan, me llega una sensación de tranquilidad por saber que a pesar de que estudio lo que estudio, al menos mi rostro quiere reflejar mis pasiones. La melancolía también es muy fuerte. Saber que la vocación está en otro lugar es duro, y trato de convencerme de que con el tiempo y el trabajo podré alcanzar a dedicarme en alma a mis verdaderos gustos. Para el que me preguntó, simplemente suspiré, y seguramente es difícil decidir si lo hice por soltar presión o por simple tristeza.

Supongo que es lo más normal de este mundo el preguntarse por la verdadera vocación. Cada vez se ve muy lejano aquella época donde tuve que decidir que carrera iba a estudiar. Decidí estudiar aquello en lo que era más habilidoso, y dejé de lado todas las cosas que me llenaban de mayor excitación. Ya han pasado los años, y es cada vez más claro que ciertas decisiones es mejor tomarlas con el corazón y no con la lógica. 

Quiero escribir. No soy bueno en escribir, pero tengo claro que lo quiero hacer. Probablemente sea malo para la literatura, en parte porque no puedo imaginarme una historia completa nacer desde cero. Mis metáforas son malas, cuadriculadas y repetitivas, y mis descripciones son vagas y poco esclarecedoras, y aún así sé que quiero escribir. Quiero ser un cronista, quiero mostrarle al mundo lo que pasa en algún lugar. La crónica escrita es algo que me enloquece de una manera especial, quiero que la gente conozca a través de mis palabras, quiero que alguien vaya formando la imagen de lo que sucedió a través de cada una de mis líneas. Soy malo en eso, pero supongo que también es cuestión de práctica. Probablemente soy el único tonto de mi carrera que escribe cosas tontas unas cuantas veces al mes, pero este pequeño espacio es de las pocas cosas de las que me siento orgulloso. Soy un cuentero, me gusta creer que lo soy, un narrador de cosas cotidianas, y es una virtud que creo que los que me conocen también me reconocen. De todas formas, siento que, a pesar de no ser el mejor en ello, escribir es una prueba de la existencia, y hay veces que escribir es lo único que se necesita para saberse vivo. Eso, por un lado.

L0s miles de adjetivos que tenemos para describir las cosas no son suficientes para describir la sensación de improvisar jazz, blues, o cualquier música. Sólo alguien que escucha con los ojos cerrados y con mucho volumen Love Supreme de Jhon Coltrane, siguiendo cada cadencia del saxofón, o cada cambio del ritmo podría llegar a sentir parte del éxtasis que provoca lograr compenetrarse lo suficiente con la música como para sentirlo en las piernas. Hace un tiempo que tengo mi instrumento principal abandonado, todo por la falta de una rutina. Todavía recuerdo aquellos momentos sensorialmente extremos cuando improvisaba con una banda de reggae que tocaba bossa nova, cuando cerraba los ojos y hablaba a través del saxofón, y charlaba en ese idioma con la guitarra, y el mundo desaparecía, y quedaba ciego, en un limbo sin partituras ni notas, donde las frases eran melodías, y los bajos el paisaje de fondo. Recuerdo también el capítulo 17 de Rayuela, el mejor capítulo para el amante de la buena música de otras épocas. No estudié música por huevón. Era la elección más próxima y sencilla, una evolución natural de lo que siempre anduve haciendo, una extensión natural de un proceso que llevaba desde pequeño. Sólo el paso del tiempo hizo que la gente dejara de preguntarme del porqué no lo hice, y ahora que vuelvo y me pregunto, no queda sino la rabia conmigo mismo. Ahora, cuando mi cabeza vuela creando nuevas melodías, no puedo dejar de recriminarme que tengo aún lo necesario para triunfar, incluso de cantaor. Eso por otro lado.

Me puedo quedar horas viendo una fotografía. Me puedo quedar horas planeando una fotografía. Una fotografía crea en mi un manantial de sensaciones sin mucho esfuerzo, aún cuando esté mal tomada. Cuando voy a una exposición de fotografía, mi corazón da vuelcos desaforados cuando encuentro algo especial, y cada foto siempre tiene algo especial. No tengo técnica, no tengo un criterio influenciado por algún conocimiento previo, pero creo que puedo identificar una buena fotografía. También es por eso que me duele cada vez que veo una foto perfecta y no tengo una manera de tomarla. Esa es mi próxima compra, la cámara ideal. Ya he averiguado lugares para pagarme un curso de un nivel decente, pero de nuevo el dinero es lo que se me atraviesa en el camino, y no me queda más que seguir esperando.

Una evolución natural de mi gusto por la música y la narración es la radio. No puedo evitarlo, pero tampoco vale la pena ignorar el hecho que soy el único que le gusta escuchar programas de radio de opinión, el espacio cultural de Radiónica, o el programa de historia de los sábados. Del mismo modo, la creación audiovisual es una evolución natural de mi gusto por la narración y por la fotografía. Mi oficio ideal es muy especifico: director de la Sub30, el magazine juvenil de señal Colombia. Esto suena muy especifico, pero hay que admitir que el gremio de las comunicaciones está dominado por un puñado de personas, y ese medio es demasiado superficial para mí. Eso es algo más bien lejano e improbable, pero fantasear es gratis todavía. Es lo más opuesto de lo que voy a hacer cuando termine de estudiar.

Quiero viajar. Quiero conocer el mundo. Soy flaneur después de todo. Seré un nómada por algún tiempo, para empezar tengo que reunir los tres mil dólares para irme a Londres a vivir de lo que sea. Caminar un nuevo país es algo que sólo he podido hacer una sola vez con muchas dificultades. Escribir sobre mis recorridos, grabar el mundo entero. Esto lo haré con certeza, es algo que tengo claro y hay muchas cosas aplazables a excepción de esa. 

Hay muchas más cosas. Intentarle arreglar la vida a la gente no sé si tenga nombre propio, pero aparentemente es de las cosas que más me gustan hacer. Si se pudiera vivir de leer, sería un oficio ideal para mí. Si me pagaran por pensar, sería el hombre más feliz del mundo. Si dejara de pensar en las noches, tal vez podría aprender a despertar a tiempo. Si el mundo te recompensara por ser lo que quieres ser, la vida sería tal vez demasiado fácil.

jueves, 23 de octubre de 2008

It Ain't Me Babe

A song I need to dedicate.


It Ain't Me Babe - Bob Dylan






Go 'way from my window,
Leave at your own chosen speed.
I'm not the one you want, babe,
I'm not the one you need.
You say you're lookin' for someone
Never weak but always strong,
To protect you an' defend you
Whether you are right or wrong,
Someone to open each and every door,
But it ain't me, babe,
No, no, no, it ain't me, babe,
It ain't me you're lookin' for, babe.

Go lightly from the ledge, babe,
Go lightly on the ground.
I'm not the one you want, babe,
I will only let you down.
You say you're lookin' for someone
Who will promise never to part,
Someone to close his eyes for you,
Someone to close his heart,
Someone who will die for you an' more,
But it ain't me, babe,
No, no, no, it ain't me, babe,
It ain't me you're lookin' for, babe.

Go melt back into the night, babe,
Everything inside is made of stone.
There's nothing in here moving
An' anyway I'm not alone.
You say you're looking for someone
Who'll pick you up each time you fall,
To gather flowers constantly
An' to come each time you call,
A lover for your life an' nothing more,
But it ain't me, babe,
No, no, no, it ain't me, babe,
It ain't me you're lookin' for, babe.

sábado, 18 de octubre de 2008

El Baile

Bajo el efecto del ron, su peor enemigo, el lugar le parecía un universo completamente distinto. Mesas con manteles blancos y adornos centrales elegantes de flores costosas, sillas forradas con cintas, meseros vestidos con uniformes blancos y guantes, una pista de baile de madera perfectamente pulida para la ocasión. Era un baile en un club de gente con mucho dinero después de todo. La sala era grande, con techos altos forrados de tela trenzada, la primera vez que veía tal cosa en su vida, y un impecable tapete rojo en la zona de descanso. El lugar estaba iluminado por unas lámparas particulares: esferas de alambres cubiertas por tela blanca que hacían recordar pequeñas lunas por toda la bóveda celeste.
Su traje fue mandado a hacer con el amigo de la familia de toda la vida, y su camisa era la única camisa que tenía (porque simplemente odia ponerse camisas). Los zapatos eran viejos y económicos, y no tuvo tiempo de pasarles betún, por lo que eran opacos y nada especiales. Su corbata era negra, al menos se había salido con la suya al poder elegir el color, pero el resto de cosas a su alrededor le eran demasiado ajenas, demasiado exótico, tal vez inalcanzable en cierto punto. "Too fancy for me" fue lo que le nació a decirle a su hermana cuando le alcanzó una copa de champaña. 
En un momento de la noche le pareció que volvía a los tiempos del colegio. En esa época nunca fue demasiado extrovertido, y en parte se mostró así porque sabía que su familia no contaba con las facilidades económicas que tenían la mayoría sus compañeros. Estudió en un colegio donde todos vivían en el norte, cuando vivir en el norte significaba tener dinero en abundancia. Él, en cambio, tenía que despertarse a las cinco de la mañana para lograr atravesar la ciudad a tiempo para la formación del principio del día. Sus padres trabajaron duro para darle buena educación, y aunque cuando llegó a la universidad lo valoró mucho por la facilidad con la que aprendió a desenvolverse, a veces se preguntaba si no hubiese sido mejor haber tenido un contacto con gente en las mismas condiciones que él tenía. De todas maneras la mayoría de sus recuerdos fueron agradables, a pesar de una que otra frustración por no poder llevar su vida más allá del aula de clase. Sin embargo, esa fue la razón de menor peso para que en su vida de estudiante fuera un sujeto de pocos amigos. Por alguna razón que siempre quiso atribuirle a algún ente sobrenatural o un destino más grande que él, en el colegio llegó a tener el status de niño genio. Nunca fue un tipo estudioso, sino más bien vago y perezoso con los deberes, pero siempre era el más atento a las clases y el primero en entender las cosas, razón por la cual ejecutaba con rapidez asombrosa cualquier tarea a realizar. Era un colegio de hombres al norte de la ciudad, y se ganó el guiño de los profesores por su interés y aparente facilidad para entender las explicaciones: el estudiante ideal. Además, contaba con un especial don para hablar y escribir, que combinado con sus facilidades para las ciencias puras, terminaron por convertirlo en la esperanza de la institución. Si se agrega el hecho que era el músico del colegio, el saxofonista que representaba al colegio en los eventos culturales, no era de sorprenderse que le entregaran la placa a mejor bachiller cuando terminó los estudios, aunque él se sorprendió mucho cuando lo llamaron para entregárselo, tal vez porque a pesar de todo, nunca se creyó la gran cosa.

Bailó mientras la música fue buena, que fue casi toda la velada. El sólo gusto de moverse fue suficiente para que se olvidara de la falta de madurez de la cantidad de colegiales a su alrededor. Le daba gracia ver tantos sujetos sin el mínimo sentido del ritmo, pero no se le cruzó por la cabeza que alguna vez él tampoco tenía claro la forma correcta de hacerlo. Cantó todo lo que recordaba, y las personas que algo conocían de él se sorprendían que tuviera tantos conocimientos de la canción popular cuando casi siempre proyecta cierta xenofilia musical. Cuando llegó la tanda de la música que más domina, de los beats y los bajos intensos, sintió la falta de energía y la nostalgia por su lugar favorito, y a pesar de que quiso expresar su inconformismo, recordó que la mayoría de la gente que estaba a su alrededor no conocía el verdadero sentido de un lugar con buen ambiente.

Se sintió viejo. Podía ver muchas mujeres hermosas pero ninguna le llamaba demasiado la atención. Reconoció la belleza de más de un par de mujeres, salidas de alguna pantalla de televisión, pero al saber que eran muchachas que apenas van a conocer el mundo y no han formado un criterio propio tomaba otro poco de ron. No es que fuera demasiado mayor que ellas, 2 o 3 años máximo, pero su mente, al menos para él, está una década más allá. Las únicas mujeres que le gustaron, eran años mayor que él, una incluso era del profesorado, y al inspeccionarse desde afuera se dio cuenta que tiene un serio problema al creer que la madurez mental tiene algo que ver con la madurez corporal, y le pareció que era patético, aunque probablemente se mantendría así. Un par de sonrisas lo cautivaron, pero ninguna en especial le provocaron pensamientos de amor o de lujuria. Si en un lugar como este donde la gente es bonita y se empeña como nunca para lucir aún más bonita no podía observar algún vestigio de lo que busca, es porque no existe tal cosa. Al final de la fiesta, terminó hablando con sus viejos en una mesa y se sentía más cómodo ahí, con ellos, hablando de los precios elevados y la construcción del lugar que hablando con las niñas bien vestidas que bailaban ya sin zapatos.

La madrugada fue fresca y fría, la luna era grande y la caminata por el parqueadero del club le hizo comprobar que su hermana debía sentir la mismas frustraciones cuando sus amigas llegaban en carros lujosos y brillantes mientras que ellos subían al coche estrecho de siempre.

Al baile de su propia promoción no fue . Por un lado, encerrado en un colegio de hombres, y con una vida que consistía en colegio, conservatorio y apartamento, nunca pudo tener un mundo social muy amplio. El no tener pareja para ese momento era una situación deprimente. Él solía envidiar a todos aquellos que vivían en un conjunto cerrado, donde podían al menos tener contacto con los vecinos, conocer chicas, jugar fútbol. Por otro lado, nunca pudo haber reunido todo el dinero que significaba costear el evento. Conociendo su situación, dejó de lado la idea de asistir, y no apareció en la foto con corbata que la mayoría aun conserva.

Llegó a casa con ganas de escribir, con ganas de contarle a alguien, pero recordando que no tenía a quién contarle nada. Dejó que le ganara el sueño y el ron, y durmió hasta el atardecer del siguiente día. El baile significó un encuentro con su pasado, una ventana para rememorar las circunstancias que lo convirtieron en lo que es, y para mostrarle que a pesar de todo, no ha cambiado tanto como creía.