Ha pasado ya bastante tiempo desde el último post, y no puedo evitar darle vueltas a mi cabeza por las razones por las que dejé de escribir este íntimo diario de memorias. Primero debo decir que el semestre académico ha terminado, y que el tiempo aquel por el que reclamaba y anhelaba ha vuelto de cierto modo. Reconozco entonces que escribir en este lugar fue una de las pocas cosas que me mantuvieron a flote durante los tiempos de estrés y que probablemente hubiera perdido la razón dentro del hervidero de dilemas que solía dominar mi mente, que encontraron en este espacio la fuga de presión. El concierto de Soda me dió además la tranquilidad de mente para continuar subiendo la pendiente, y al final de todo, la cumbre fue conquistada. Una concentración criminal del último mes me ha dejado con pocas neuronas para concentrarme demasiado bien. Eso me justifica la ausencia por un par de semanas.
Ahora debo entrar a trabajar, ayudar a mi papá en la oficina, cosa que hago por el cargo de conciencia que me da la gran inversión de cada semestre. La verdad es que no quisiera hacer más que dormir, y perder el tiempo sin reparos ni cargo de conciencia, pero la situación es distinta. La rutina regresa, cortando los deseos de un camino vagabundo, y veo como pasa el tiempo, sin trascendencia, en la soledad que una pantalla de computador puede ofrecer durante horas y horas seguidas. El próximo año no es demasiado prometedor, pero al menos el choque con la realidad no será tan feroz. Se me escapa la música, y sólo puedo ensayar con mi banda unas pocas horas los fines de semana, a pesar de haber prometido comprometerme de lleno en estas épocas. La sensación de que nada vale la pena de verdad me invade muy a menudo. La resignación a la rutina la he asimilado sin darme cuenta. La rebeldía por caminar en el centro desaparece. Envejezco y soy uno más. A mi edad debería estar disfrutando de las cosas más banales que exhortan los sentidos, pero una madurez adelantada me ha dejado aislado de un entorno social estable. Las festividades me han parecido esta vez momentos intrascendentes, y daría igual si tuviera 20 o 50 años, las reacciones son las mismas. Lo único rebelde es mi cabello, que empieza a enroscarse de lo largo y formar rizos simpáticos. De repente aparece el fantasma: no sé ya si soy Alonso Llosa, el sujeto que escribe y se cree bohemio, o el muchacho que esconde su nombre y se somete a la rutina y los malestares de una sociedad sin espacios. He perdido el romance, y eso acentúa la situación de sometimiento. He dejado de mirar a la luna, y la recompensa parece ser demasiado vacía. ¿No es posible acaso llevar una vida tranquila y llena de arte?... la verdad carezco de una base que me diga que vale la pena, que hay personas que cómo yo disfrutan de la literatura y la música a niveles sanguíneos. Supongo que sólo queda dejar el sololoquio al viento y esperar que le de la vuelta al planeta para regresar a mortificarme.
domingo, 16 de diciembre de 2007
martes, 20 de noviembre de 2007
Escribir parece ser lo único sensato de estos días. Componer, un ejercicio sobrenatural. ¿Por qué no estudié literatura o música? Maldito talento matemático que me absorvió las opciones. Debería hacer doble programa con diseño, al menos conseguiría una novia que no sería tan obsesiva como la última.
El Grito
Nací pereirano. Mi papá también es pereirano, pero soy tan bogotano como el típico capitalino inmigrante. Desde los 15 días de nacido me desenvolví en este inpredecible clima, y toda mi vida fue observada por las mismas cuatro paredes. La pasión del fútbol me fue transmitida desde una edad demasiado tierna. Mi papá, entusiasta como pocos, me llevaba a sus partidos amateur desde antes que yo pudiera hablar. Antes de entrar a la escuela de música, hice parte de la escuela de fútbol de Santafé, donde me dí el lujo de apretarle la mano al "Tren" Valencia. Una operación en el pie hizo que mi carrera futbolística acabara mucho antes de lo que quizo empezar, y el conservatorio ocupó mis tiempos libres. Sin embargo, esa sangre Quimbaya y Tayrona que corre por mis venas (mi mamá es samaria), es la misma que todos los domingos me pone al frente del televisor a ver cuanto partido de fútbol aparezca. Desde pequeño desistí de ser seguidor del Deportivo Pereira, tal vez debido a lo chico que parecía, y cuando todos a mi alrededor eran seguidores de América y Millonarios, elegí al grande Atlético Nacional como el objetivo de mis gritos. Es un momento importante cuando un colombiano elije ser hincha de un equipo, así que la trascendencia del compromiso está presente de cierto modo. Sin embargo, por más patriota que pueda sonar la ecuación, soy de aquel grupo de personas que tienen su mirada en el fútbol extranjero. Lejos, pero lejos, en mi corazón, el primer lugar de culto pertenece el Club Atlético River Plate. El más millo, lejos. Gracias en parte a Juan Pablo Ángel, y Mario Alberto Yepes, a quienes idolatro sin reparo, o gracias a Aimar y Saviola, o simplemente porque me tocó ver al grande River de Ramón con el tridente mágico, soy seguidor incanzable y fiel. Pocas cosas me pueden apartar de un partido de River, y doy gracias al hecho de que siempre han tenido a los mejores colombianos en sus filas.
Parece que hablar de fútbol está fuera de lugar en este espacio, pero hoy era un día especial. Se enfrentaban los dos equipos más importantes de mi vida: Colombia y Argentina. Mascherano, que tanto extrañamos en River, y el Ringuito Amaya del otro lado. Este encuentro era aún más especial para mí de lo que es para muchos, pues escucho hablar de los jugadores de ambas escuadras casi todos los días de mi vida. "Olé", el diario argentino, es casi que una de las páginas de inicio de mi explorador, y River siempre está en mis prioridades.
Esta es una de las nóminas con más jugadores del medio local de la historia, sólo comparable a la selección del 93, y al frente estaban los jugadores mejor pagos y con más calidad del fútbol europeo. Los últimos dos días nos golpeo un sol impresionante, pero una hora antes del encuentro llovió, como para ayudarnos en el cometido. Del partido no voy a hablar, pues no soy periodista deportivo, y todos los que son periodistas deportivos me caen mal de un modo y otro, pero si puedo hablar del grito. Ese grito cuando el balón de Bustos se coló entre la red sin obstrucción alguna. Se gritó de corazón. Esa sensación sólo puede sentirse en ese momento. No estaba en el estadio, pero vivo a 5 cuadras de él, y el rumor unísono de miles de almas eufóricas es indescriptible. Para alguien que lo vive como yo, no hay nada similar. Eso no se comparó con el segundo gol. Este si fue sangre hirviendo. Salí corriendo por todo el apartamento y asusté a mi primito pequeño. Seguramente debía tener el rostro desfigurado y rojo de tanta sangre y adrenalina acumulada. El cuerpo saca fuerzas de donde no existen, y de una forma única, todo el aire de los pulmones se transforma en un prolongado y grave grito que es capaz de espantar mil guerreros valientes. Para mí, que era tierno aún cuando viví el 5 cero, este gol fue el más importante de la historia, y lo grité como debía. Gritos, pasión, Colombia. Dan ganas de cantar el himno y bailar un bambuco, el sanjuanero, un porro y tomar una Águila. Y sí, si quieren olviden este momento de júbilo tricolor, y échenle la culpa al árbitro. Pero es historia, y nos vamos para sudáfrica. Puede que no seamos los mejores, pero somos los que mejor celebramos un gol.
Parece que hablar de fútbol está fuera de lugar en este espacio, pero hoy era un día especial. Se enfrentaban los dos equipos más importantes de mi vida: Colombia y Argentina. Mascherano, que tanto extrañamos en River, y el Ringuito Amaya del otro lado. Este encuentro era aún más especial para mí de lo que es para muchos, pues escucho hablar de los jugadores de ambas escuadras casi todos los días de mi vida. "Olé", el diario argentino, es casi que una de las páginas de inicio de mi explorador, y River siempre está en mis prioridades.
Esta es una de las nóminas con más jugadores del medio local de la historia, sólo comparable a la selección del 93, y al frente estaban los jugadores mejor pagos y con más calidad del fútbol europeo. Los últimos dos días nos golpeo un sol impresionante, pero una hora antes del encuentro llovió, como para ayudarnos en el cometido. Del partido no voy a hablar, pues no soy periodista deportivo, y todos los que son periodistas deportivos me caen mal de un modo y otro, pero si puedo hablar del grito. Ese grito cuando el balón de Bustos se coló entre la red sin obstrucción alguna. Se gritó de corazón. Esa sensación sólo puede sentirse en ese momento. No estaba en el estadio, pero vivo a 5 cuadras de él, y el rumor unísono de miles de almas eufóricas es indescriptible. Para alguien que lo vive como yo, no hay nada similar. Eso no se comparó con el segundo gol. Este si fue sangre hirviendo. Salí corriendo por todo el apartamento y asusté a mi primito pequeño. Seguramente debía tener el rostro desfigurado y rojo de tanta sangre y adrenalina acumulada. El cuerpo saca fuerzas de donde no existen, y de una forma única, todo el aire de los pulmones se transforma en un prolongado y grave grito que es capaz de espantar mil guerreros valientes. Para mí, que era tierno aún cuando viví el 5 cero, este gol fue el más importante de la historia, y lo grité como debía. Gritos, pasión, Colombia. Dan ganas de cantar el himno y bailar un bambuco, el sanjuanero, un porro y tomar una Águila. Y sí, si quieren olviden este momento de júbilo tricolor, y échenle la culpa al árbitro. Pero es historia, y nos vamos para sudáfrica. Puede que no seamos los mejores, pero somos los que mejor celebramos un gol.
lunes, 19 de noviembre de 2007
El Ascenso Final
No logro unir las ideas. La cohesión de mis pensamientos se pierde a medida que me involucro cada vez más dentro del estudio de la carrera que escojí. Ya no tengo tiempo para leer a Poe ni a Cortázar ni a Borges ni a Márquez. Ya no tengo tiempo para esuchar a Hendrix o a Joplin o para enloquecerme un rato con Miles y Coltrane. Las letras de mis canciones han perdido profundidad, puedo sentirlo, y debe ser un mal síntoma. La inmediatez de la catástrofe me ha retornado la fe en otras fuerzas que puedan cambiar el destino insípido de la rutina ruín. Ya nisiquiera tengo nostalgia por otros tiempos. Tal vez es porque ha pasado demasiado tiempo y los recuerdos de una vida más propia se borraron a fuerza de trabajos, exámenes y proyectos. La posibilidad de dedicarme a otra cosa pasa demasiado por mi cabeza. La ausencia de una presencia femenina en el horizonte hace temblar las bases mismas del fuerte que solía tener en mi cabeza. Estoy vulnerable, tal vez demasiado, algo inestable. El saxofón está guardado desde principio de año, y el resto de la banda atraviesa la misma crisis por lo supérflua de la música que suena en las estaciones de radio. La composición me pesa, tocar la batería se transforma en necesidad, en terapia semanal. Dos horas a la semana, me desquito con los parches de los tambores de los que brotan ritmos de consuelo, pero no logro transmitirlo a mis compañeros.
Me dolió dejar de ir al cine foro. Ese lugar que me salvó del encierro de los pensamientos especializados y los lenguajes técnicos. El arte y la fotografía que me llenan se mostraban en dos horas los jueves, junto a cinéfilos y gente que pasaba por la Virgilio. Ahora vuelvo a la vigilia artística. Sólo la pequeña exposición del museo de arte moderno parece subsanar horas de falta de tertulia, pero sigue siendo otra de mis excursiones solitarias hacia la ciudad que quiero. Quiero cine, quiero fotografía, quiero música, quiero libros y quiero una silueta dulce que me acompañe.... quiero tiempo. Es el ascenso final, pero después de esta vienen muchos más premios de montaña. Esta ha sido la cumbre más difícil a la que me he enfrentado, una hecatombe completa. Me quedo sin oxígeno, sin ganas, sin ambición. Estoy perdiendo la identidad y me fusiono con una masa de estudiantes iguales. Somos autómatas, meras enciclopedias con falta de criterio en cosas más simples. Nadie observa el atardecer, nadie miró el peculiar brillo de la luna. Nadie busca un significado más allá de conseguir una buena calificación y salir el viernes a bailar y tomar. Nadie se percató de Fotográfica Bogotá.... nadie me busca como yo. Estoy en el lote, entre todos los que van por donde indica la ruta de la montaña, pero este lote no tiene lider. Soy yo el que se quiere esconder, mi cuerpo me ruega por un descanso, pero no puedo darme siquiera el lujo de comer adecuadamente. El ritmo es acelerado, sobrehumano, descarado. No puedo evitar utilizar los tiempos libres para el ocio, perder los minutos en descansos para la mente y el cuerpo. Banalidades tal vez, pero necesarios para recomponer la sinápsis. Así se me pasa el tiempo, y soy cada vez menos lo que solía ser. Cada vez soy más como ellos, como lo que no quería ser. El ascenso final está de frente, pero mi bicicleta está rota y oxidada, y mi mente paralizada por el ritmo.
Me dolió dejar de ir al cine foro. Ese lugar que me salvó del encierro de los pensamientos especializados y los lenguajes técnicos. El arte y la fotografía que me llenan se mostraban en dos horas los jueves, junto a cinéfilos y gente que pasaba por la Virgilio. Ahora vuelvo a la vigilia artística. Sólo la pequeña exposición del museo de arte moderno parece subsanar horas de falta de tertulia, pero sigue siendo otra de mis excursiones solitarias hacia la ciudad que quiero. Quiero cine, quiero fotografía, quiero música, quiero libros y quiero una silueta dulce que me acompañe.... quiero tiempo. Es el ascenso final, pero después de esta vienen muchos más premios de montaña. Esta ha sido la cumbre más difícil a la que me he enfrentado, una hecatombe completa. Me quedo sin oxígeno, sin ganas, sin ambición. Estoy perdiendo la identidad y me fusiono con una masa de estudiantes iguales. Somos autómatas, meras enciclopedias con falta de criterio en cosas más simples. Nadie observa el atardecer, nadie miró el peculiar brillo de la luna. Nadie busca un significado más allá de conseguir una buena calificación y salir el viernes a bailar y tomar. Nadie se percató de Fotográfica Bogotá.... nadie me busca como yo. Estoy en el lote, entre todos los que van por donde indica la ruta de la montaña, pero este lote no tiene lider. Soy yo el que se quiere esconder, mi cuerpo me ruega por un descanso, pero no puedo darme siquiera el lujo de comer adecuadamente. El ritmo es acelerado, sobrehumano, descarado. No puedo evitar utilizar los tiempos libres para el ocio, perder los minutos en descansos para la mente y el cuerpo. Banalidades tal vez, pero necesarios para recomponer la sinápsis. Así se me pasa el tiempo, y soy cada vez menos lo que solía ser. Cada vez soy más como ellos, como lo que no quería ser. El ascenso final está de frente, pero mi bicicleta está rota y oxidada, y mi mente paralizada por el ritmo.
sábado, 17 de noviembre de 2007
My Precious

La compré hace más de 4 meses, pero la cercanía del evento me come poco a poco. Falta poco tiempo para verlos volver en Bogotá, y sólo me siento orgulloso de esas pocas monitorías en la universidad que me permitieron ahorrar el dinero para este momento histórico. Estaré en general, lejos... en el gallinero... me los tendré que imaginar desde allá, pero vale la pena presenciar el momento. Soda Stereo rox.
martes, 13 de noviembre de 2007
Declaración
Me rindo. Que me lleve el mundo, que en estos días estoy cansado de luchar contra la marea.
lunes, 5 de noviembre de 2007
Superlitio Videos
Esto es Superlitio. La banda colombiana de la ciudad de Cali con la perfecta fusión entre Funk, Rock, Tropical y Electrónica. Su álbum "Tripping Tropicana", ha sido ganadora de varios premios y nominada al grammy.
Esta es "LoFi"
Esto es "Foxy"...... (yeahh.. social political music)
Y esta es "Que Vo' hace"... aunque el video no me gusta, la canción es mi favorita.... que se la lleve la marea
Esta es "LoFi"
Esto es "Foxy"...... (yeahh.. social political music)
Y esta es "Que Vo' hace"... aunque el video no me gusta, la canción es mi favorita.... que se la lleve la marea
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